13/6/17

El agotamiento de un paradigma político




Por Arsinoé Orihuela Ochoa

Decía José Enrique Rodó, escritor e intelectual uruguayo, que los partidos políticos no mueren de causas naturales, sino que se suicidan. En el presente, ese adagio es más exacto que nunca. La subrepresentación o nula representación de la población, la bancarrota de la representatividad, el travestismo de los colores e idearios partidarios que en el diccionario de eufemismos se conoce como “coaliciones”, la creciente presencia de candidaturas atadas puramente a “intereses especiales”, las malogradas “transiciones democráticas”, las “pesadillas de la alternancia” (ver Rafael de la Garza Talavera), y la incapacidad estructural de esas instituciones moribundas para sortear favorablemente las rutinarias crisis, perfilan un horizonte desfavorable para la prevalencia de los partidos políticos como agentes dominantes en la arena política.

Hasta ahora la “partidocracia” fue acaso el mecanismo más eficaz de confiscar lo político, administrar elitistamente la politicidad y neutralizar al sujeto “popular”. Pero esa “partidización” de la política estaba sostenida en ciertos estándares de legitimidad, que, en el transcurso del ciclo neoliberal (cerca de 40 años), los propios partidos se ocuparon de derruir, absortos en las dinámicas intestinas de las elecciones y la sostenibilidad de lealtades típicamente mafiosas, en un contexto de reformulación de los contenidos de la política.
Operativamente acoplados a los procedimientos de abrogación de lo público, y en esa obsesión por conservar el timón de las instituciones políticas y anular a la sociedad organizada, los partidos terminaron por anular las condiciones básicas, materiales e inmateriales, para la continuidad o reproducción de sus contenidos en el largo alcance. Si bien es cierto que el “paradigma partidario” históricamente significó un laboratorio de programas, metodologías y propuestas de organización política, no pocas de ellas valiosas, con los años acabó por revelar las limitaciones estructurales de ese paradigma. Asistimos a la autoinmolación de los partidos.
Por más que los párrocos de la politología sigan anclando sus análisis e indagaciones en los partidos y las elecciones, la realidad desmonta empecinadamente esos razonamientos, a menudo puramente formales. Werner Bonefeld escribió: “La teoría del Estado debe basarse en una teoría de la crisis… sin ésta, la teoría del Estado quedaría como un esqueleto descarnado de leyes y estructuras generales”. Las teorías o apologías o profecías de los partidos políticos circulan con una liviandad tan consumada que los discursos (formalistas e institucionalistas) que escoltan esas teorías no alcanzan siquiera a dibujar un esqueleto. Los ideólogos de los partidos no basan sus especulaciones ni en una teoría del Estado, ni en una teoría de la crisis, ni en nada concreto o tangible o empíricamente observable. Fieles a la tradición liberal, asumen a priori que el momento constitutivo de los partidos políticos es la democracia. Es decir, la noción de “partido político” acaba en una abstracción sostenida en otra abstracción.

Básicamente, para admitir el silogismo elemental del misticismo politológico, es preciso admitir apriorísticamente la siguiente secuencia de especulaciones: uno, que la democracia es un estado de cosas (por oposición a un valor); dos, que en el presente el estado de cosas es la democracia (“habitamos un orden democrático”, eso dicen); y tres, que los partidos políticos son la posibilidad y el fruto de la democracia (cuando en realidad representan la abolición o aplazamiento del “momento democrático”). Y ya después de blandir sin reparo ese conjunto de premisas abstractas o llanamente falsarias, y de contrastar “científicamente” ese andamiaje de prenociones con la realidad (una contrastación que nunca está libre de golpes de pecho), el ejército de “especialistas” elevan a rango de formulaciones teóricas sus propias frustraciones, con conceptos como “democracias de baja institucionalización” o “desencanto democrático” o “democracias realmente existentes”, y chapucerías análogas.
Pero ese conjunto de ficciones con aspiraciones “conceptuosas” (sic) se traicionan en los contenidos. Unívocamente, todos los partidos políticos en el poder transfieren los costos de las crisis a los sectores poblacionales más desprotegidos (incluidas las crisis medioambientales), sin distingo de colores o insignias. Es cierto que algunos reducen temporaria o parcialmente el impacto. Pero eventualmente, y por la propia lógica aspiracional e institucional de los partidos políticos, terminan capitulando y distribuyendo la factura de las crisis entre las franjas mayoritarias de la población. Sólo así se explica que las crisis tengan una incidencia cada vez más recurrente y socialmente vejatoria, y que la distancia temporal entre una y otra no alcance siquiera para salir de las ruinas de la anterior.
Múltiples analistas coinciden en señalar que se avecina otra crisis económica de proporciones inéditas. Y si habría que identificar algún factor explicatorio de esa furiosa reproducción de las crisis, es razonable acudir a eso que, a juicio de no pocos, es lo políticamente fundamental de la época: la crisis de desigualdad. La desigualdad en la actualidad alcanzó un estado sin precedentes. Una décima del uno por ciento de la población es superrica. Estimaciones de Oxfam señalan que “en 2015, sólo 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones (la mitad más pobre de la humanidad). No hace mucho, en 2010, eran 388 personas”. El reporte agrega que “desde el inicio del presente siglo, la mitad más pobre de la población mundial sólo ha recibido el 1% del incremento total de la riqueza mundial, mientras que el 50% de esa ‘nueva riqueza’ ha ido a parar a los bolsillos del 1% más rico” (http://www.oxfammexico.org/una-economia-al-servicio-del-1/#.V24bzbgrLIU).
La desigualdad, que es el problema político crucial de nuestra era, es un asunto que ningún partido político consiguió atajar o mitigar, ni siquiera las socialdemocracias (o progresismos) que por cierto están en proceso de extinción. En este tenor, los partidos perdieron irreversiblemente la credibilidad como agentes de representación popular (para bien y para mal). Por añadidura, la totalidad de los partidos políticos están atados de manos, y dependen fuertemente de los caprichos de esas grandes fortunas acumuladas. Riqueza es poder. Riqueza hiperacumulada es poder hiperacumulado. Esto se traduce en las legislaciones que responden a ese imperativo de aumentar la centralización de la renta. Históricamente, y salvo escasas excepciones, los partidos se dedicaron a “proteger a las minorías opulentas de las mayorías”.
En esa inercia contradictoria, que por un lado prescribe representar al soberano (ese significante flotante que unos llaman “pueblo”), y que, por otro, demanda proteger los intereses de las élites y las minorías opulentas, los partidos políticos firmaron su propia carta de defunción. El antagonismo que se aloja en esa inercia es insalvable. Las proporciones de las crisis en curso decretaron el agotamiento de ese paradigma de los partidos políticos.
Asistimos al suicidio de los partidos. El “movimiento” (popular o de élite), y las candidaturas sin partido, alzan la mano entre los escombros de las organizaciones partidarias.
El 2018 será un corte de caja.

Blog del autor: http://lavoznet.blogspot.com.br/2017/06/el-suicidio-de-los-partidos-politicos-o.html
Pequeña Gran Superpotencia  ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

12/8/16

LO QUE DAS, DE MANERA INESPERADA TE REGRESA

Por Gaby Vargas

En apariencia lo que sucedió puede leerse como una casualidad, un encuentro fortuito o una situación producto del alcohol. Así lo interpretó  Pablo, mi esposo. Sin embargo, para mí la experiencia fue profunda, misteriosa y significativa, resultado de la implacable ley del Universo de la causa y el efecto o del karma, no sabría cómo llamarle.
         Estoy convencida de que en la vida nada es casualidad.
Las personas, los eventos, las experiencias que se cruzan en nuestro camino no lo hacen por accidente, están orquestadas por un Poder Superior que todavía no comprendemos.
Si bien siempre he sabido que la vida es como un boomerang, que todo lo que haces te regresa de alguna forma, nunca lo había visto de manera tan rápida y precisa como ese viernes por la noche.
         Era un jueves cuando Pablo y yo acudimos a cenar a un restaurante en la ciudad de San Francisco, California, famoso por sus cortes de carne, mismos que disfrutamos muchísimo.
A la hora de pedir la cuenta, Pablo sacó la tarjeta y al revisar la nota se percató de que habían cometido un enorme error: "Mira  –me dijo–, se equivocaron, la cuenta es como de la quinta parte de lo que consumimos". Por supuesto era la de otra mesa. La cajera hubiera recibido el pago sin ningún extrañamiento, la mesera hubiera recogido la carpetita negra con el voucher firmado y nosotros pudimos haber salido del restaurante con la sensación de habernos sacado la lotería.
En cambio, Pablo llamó en ese momento a la mesera de origen japonés que, al enterarse del error y de la caballerosidad de mi esposo, le agradeció enormemente el detalle y nos acompañó hasta la puerta llena de gratitud, no sin antes explicarnos los días que se hubiera quedado sin ganar un solo centavo para reponer el error.
Nos acostamos con el sentimiento agradable de haber hecho lo correcto y nada más, pero la historia no acaba ahí.
         Al día siguiente, para despedirnos de San Francisco fuimos a cenar a otro restaurante,con la advertencia previa de que era costoso y de que se trataba de un menú fijo de varios tiempos.
         Una vez instalados, empezamos a admirar los detalles meticulosamente cuidados del restaurante: la vajilla, las flores, la decoración. En fin, en eso estábamos cuando a los pocos minutos acomodaron a una pareja en la mesa contigua a la nuestra. A lo largo de la cena, cruzamos miradas de amabilidad y, por la plática con el capitán, se percataron de que éramos de México.
         En un momento, Pablo se levantó al baño y el señor se sentó junto a mí con una copa de vino en la mano, para decirme que él y su esposa querían a los mexicanosque no construirían ningún muro y su esposa reforzaba el comentario. Cuando mi esposo regresó a sentarse, con cara de sorpresa y medio en broma, le comentó: "Puedo matar por esto…", e hizo sentir al americano que no encontraba muy apropiada su cercanía. El señor regresó a su mesa y no pasó a más la relación. 
Al momento de pedir la cuenta –que esperábamos fuera alta–, el capitán nos avisó que una persona anónima la había pagado por nosotros. De inmediato dedujimos que fueron nuestros vecinos. ¿Por qué lo hicieron? Nos sentimos entre incómodos y apenados por el monto, ni siquiera sabían nuestro nombre, ni nosotros el de ellos. Al intentar argüir algo, con gestos el señor nos indicó que no habría negociación. Les agradecimos y nos despedimos azorados con lo sucedido.


Mientras Pablo no bajó de pelmazo y borracho a nuestro generoso vecino, yo quedé convencida de la ley de la causa y el efecto: lo que das, de manera inesperada, te regresa.