30/12/24

¡Feliz Año 2026!

 




La enorme lección que nos deja el paso de los años nos recuerda que la esperanza es el sueño del hombre despierto.


Estos deseos van para todos aquellos que en el 2026 despertaremos sin la resaca de la culpa, llenos de vida en que la pasión sobrepasa a la omisión y el gozo teje luces.

1) Trabajo fértil, feliz, seguro y bien pagado.

2) Amor honesto, divertido, poderoso y creativo.

3) Salud física y mental, duradera, productiva y reproductiva.

4) Inteligencia libre, comprometida con la libertad y la justicia que no acepte la explotación ni la esclavitud.

5) Unidad entre todos, amigos, parientes, socios, compadres, gremios, pueblos y parejas.

6) Reconciliación con lo mejor de la humanidad, superación de las pesadillas pandémicas 🦠 y económicas, confianza en la fuerza humana organizada.

7) Éxito sin exitismo. Éxito sin pedantería, sin petulancia sin triunfalismo. Éxito que dé éxito a otros, con humildad sincera que es el único éxito real.

8) Descanso... que todos tengan descanso, paz, distensión, vacaciones, diversión inteligente y mucha energía nueva.

9) Estudio, capacitación, aprendizaje. Intenso, nuevo, refrescante, emocionante, lleno de futuro.

10) Reconocimiento y respeto por el trabajo, esfuerzo y contribuciones en la mejoría de lo propio y lo ajeno

11) Ganas de luchar para que la realidad cambie, para que nuestra realidad siempre mejore, para un futuro menos incierto, para que no nos venza la depresión.

12) Poesía para todo, mucha poesía... desde las sábanas hasta los fideos, desde los libros hasta las charlas, desde lo íntimo hasta lo público... todo y viceversa para siempre.

13) Buena suerte, encanto, ángel, charm y todo lo que signifique ese toque, ese algo azaroso real, mágico, fantástico y maravilloso que hace de la vida, además de moléculas organizadas... eso que hace objetivamente, materialmente, que aquí y ahora, merezca la pena vivirse.



De corazón, feliz año nuevo a todos, sin ironías y sin falacias. De pensamiento, palabra, obra y acción, que del surrealismo se materialice en realidad plena.

“No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar las banderas de la imaginación"

P.D.
Cualquier parecido con las coincidencias es pura realidad.
Estos 13 deseos de año nuevo los he escrito ya anteriormente, ahora los mejoro; es decir, se ratifican.
Ya en años anteriores fueron enviados sólo que esta vez van corregidos y enfatizados.

Derechos Reversados. ®️

19/11/18

50 Razones

Las velas en la tarta, los amigos, los recuerdos, las fiestas de guardar, el calor de las 5 de la mañana, las luces encendidas de aquel bar.
Los lunes disfrazados de domingo. La maleta, el reloj de la estación. Las victorias en el último minuto, si llega la ocasión. La vida me convence con la vida, y 45 razones... cuando llueve, me saco de la manga un as de corazones.
Los coches aparcados en el bosque. Los labios, en el bosque de la piel. Las sorpresas, el cuerpo conocido. La puerta que se cierra en un hotel. Los días en que soy un caballero. Las noches, en que pierdo la razón. Y las naves dispuestas a quemarse, si llega la ocasión.
La vida me convence con la vida... Los catedráticos, la gente pensante, otra limonada con hielo, por favor. Las mentes que rompieron el silencio. Una copa, un amor, el rock’n’roll. Todo lo que se callan los traidores Todo lo que me dice una canción. Y tus labios color de marihuana, si llega la ocasión La vida me convence con la vida...

13/6/17

El agotamiento de un paradigma político




Por Arsinoé Orihuela Ochoa

Decía José Enrique Rodó, escritor e intelectual uruguayo, que los partidos políticos no mueren de causas naturales, sino que se suicidan. En el presente, ese adagio es más exacto que nunca. La subrepresentación o nula representación de la población, la bancarrota de la representatividad, el travestismo de los colores e idearios partidarios que en el diccionario de eufemismos se conoce como “coaliciones”, la creciente presencia de candidaturas atadas puramente a “intereses especiales”, las malogradas “transiciones democráticas”, las “pesadillas de la alternancia” (ver Rafael de la Garza Talavera), y la incapacidad estructural de esas instituciones moribundas para sortear favorablemente las rutinarias crisis, perfilan un horizonte desfavorable para la prevalencia de los partidos políticos como agentes dominantes en la arena política.

Hasta ahora la “partidocracia” fue acaso el mecanismo más eficaz de confiscar lo político, administrar elitistamente la politicidad y neutralizar al sujeto “popular”. Pero esa “partidización” de la política estaba sostenida en ciertos estándares de legitimidad, que, en el transcurso del ciclo neoliberal (cerca de 40 años), los propios partidos se ocuparon de derruir, absortos en las dinámicas intestinas de las elecciones y la sostenibilidad de lealtades típicamente mafiosas, en un contexto de reformulación de los contenidos de la política.
Operativamente acoplados a los procedimientos de abrogación de lo público, y en esa obsesión por conservar el timón de las instituciones políticas y anular a la sociedad organizada, los partidos terminaron por anular las condiciones básicas, materiales e inmateriales, para la continuidad o reproducción de sus contenidos en el largo alcance. Si bien es cierto que el “paradigma partidario” históricamente significó un laboratorio de programas, metodologías y propuestas de organización política, no pocas de ellas valiosas, con los años acabó por revelar las limitaciones estructurales de ese paradigma. Asistimos a la autoinmolación de los partidos.
Por más que los párrocos de la politología sigan anclando sus análisis e indagaciones en los partidos y las elecciones, la realidad desmonta empecinadamente esos razonamientos, a menudo puramente formales. Werner Bonefeld escribió: “La teoría del Estado debe basarse en una teoría de la crisis… sin ésta, la teoría del Estado quedaría como un esqueleto descarnado de leyes y estructuras generales”. Las teorías o apologías o profecías de los partidos políticos circulan con una liviandad tan consumada que los discursos (formalistas e institucionalistas) que escoltan esas teorías no alcanzan siquiera a dibujar un esqueleto. Los ideólogos de los partidos no basan sus especulaciones ni en una teoría del Estado, ni en una teoría de la crisis, ni en nada concreto o tangible o empíricamente observable. Fieles a la tradición liberal, asumen a priori que el momento constitutivo de los partidos políticos es la democracia. Es decir, la noción de “partido político” acaba en una abstracción sostenida en otra abstracción.

Básicamente, para admitir el silogismo elemental del misticismo politológico, es preciso admitir apriorísticamente la siguiente secuencia de especulaciones: uno, que la democracia es un estado de cosas (por oposición a un valor); dos, que en el presente el estado de cosas es la democracia (“habitamos un orden democrático”, eso dicen); y tres, que los partidos políticos son la posibilidad y el fruto de la democracia (cuando en realidad representan la abolición o aplazamiento del “momento democrático”). Y ya después de blandir sin reparo ese conjunto de premisas abstractas o llanamente falsarias, y de contrastar “científicamente” ese andamiaje de prenociones con la realidad (una contrastación que nunca está libre de golpes de pecho), el ejército de “especialistas” elevan a rango de formulaciones teóricas sus propias frustraciones, con conceptos como “democracias de baja institucionalización” o “desencanto democrático” o “democracias realmente existentes”, y chapucerías análogas.
Pero ese conjunto de ficciones con aspiraciones “conceptuosas” (sic) se traicionan en los contenidos. Unívocamente, todos los partidos políticos en el poder transfieren los costos de las crisis a los sectores poblacionales más desprotegidos (incluidas las crisis medioambientales), sin distingo de colores o insignias. Es cierto que algunos reducen temporaria o parcialmente el impacto. Pero eventualmente, y por la propia lógica aspiracional e institucional de los partidos políticos, terminan capitulando y distribuyendo la factura de las crisis entre las franjas mayoritarias de la población. Sólo así se explica que las crisis tengan una incidencia cada vez más recurrente y socialmente vejatoria, y que la distancia temporal entre una y otra no alcance siquiera para salir de las ruinas de la anterior.
Múltiples analistas coinciden en señalar que se avecina otra crisis económica de proporciones inéditas. Y si habría que identificar algún factor explicatorio de esa furiosa reproducción de las crisis, es razonable acudir a eso que, a juicio de no pocos, es lo políticamente fundamental de la época: la crisis de desigualdad. La desigualdad en la actualidad alcanzó un estado sin precedentes. Una décima del uno por ciento de la población es superrica. Estimaciones de Oxfam señalan que “en 2015, sólo 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones (la mitad más pobre de la humanidad). No hace mucho, en 2010, eran 388 personas”. El reporte agrega que “desde el inicio del presente siglo, la mitad más pobre de la población mundial sólo ha recibido el 1% del incremento total de la riqueza mundial, mientras que el 50% de esa ‘nueva riqueza’ ha ido a parar a los bolsillos del 1% más rico” (http://www.oxfammexico.org/una-economia-al-servicio-del-1/#.V24bzbgrLIU).
La desigualdad, que es el problema político crucial de nuestra era, es un asunto que ningún partido político consiguió atajar o mitigar, ni siquiera las socialdemocracias (o progresismos) que por cierto están en proceso de extinción. En este tenor, los partidos perdieron irreversiblemente la credibilidad como agentes de representación popular (para bien y para mal). Por añadidura, la totalidad de los partidos políticos están atados de manos, y dependen fuertemente de los caprichos de esas grandes fortunas acumuladas. Riqueza es poder. Riqueza hiperacumulada es poder hiperacumulado. Esto se traduce en las legislaciones que responden a ese imperativo de aumentar la centralización de la renta. Históricamente, y salvo escasas excepciones, los partidos se dedicaron a “proteger a las minorías opulentas de las mayorías”.
En esa inercia contradictoria, que por un lado prescribe representar al soberano (ese significante flotante que unos llaman “pueblo”), y que, por otro, demanda proteger los intereses de las élites y las minorías opulentas, los partidos políticos firmaron su propia carta de defunción. El antagonismo que se aloja en esa inercia es insalvable. Las proporciones de las crisis en curso decretaron el agotamiento de ese paradigma de los partidos políticos.
Asistimos al suicidio de los partidos. El “movimiento” (popular o de élite), y las candidaturas sin partido, alzan la mano entre los escombros de las organizaciones partidarias.
El 2018 será un corte de caja.

Blog del autor: http://lavoznet.blogspot.com.br/2017/06/el-suicidio-de-los-partidos-politicos-o.html
Pequeña Gran Superpotencia  ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

12/8/16

LO QUE DAS, DE MANERA INESPERADA TE REGRESA

Por Gaby Vargas

En apariencia lo que sucedió puede leerse como una casualidad, un encuentro fortuito o una situación producto del alcohol. Así lo interpretó  Pablo, mi esposo. Sin embargo, para mí la experiencia fue profunda, misteriosa y significativa, resultado de la implacable ley del Universo de la causa y el efecto o del karma, no sabría cómo llamarle.
         Estoy convencida de que en la vida nada es casualidad.
Las personas, los eventos, las experiencias que se cruzan en nuestro camino no lo hacen por accidente, están orquestadas por un Poder Superior que todavía no comprendemos.
Si bien siempre he sabido que la vida es como un boomerang, que todo lo que haces te regresa de alguna forma, nunca lo había visto de manera tan rápida y precisa como ese viernes por la noche.
         Era un jueves cuando Pablo y yo acudimos a cenar a un restaurante en la ciudad de San Francisco, California, famoso por sus cortes de carne, mismos que disfrutamos muchísimo.
A la hora de pedir la cuenta, Pablo sacó la tarjeta y al revisar la nota se percató de que habían cometido un enorme error: "Mira  –me dijo–, se equivocaron, la cuenta es como de la quinta parte de lo que consumimos". Por supuesto era la de otra mesa. La cajera hubiera recibido el pago sin ningún extrañamiento, la mesera hubiera recogido la carpetita negra con el voucher firmado y nosotros pudimos haber salido del restaurante con la sensación de habernos sacado la lotería.
En cambio, Pablo llamó en ese momento a la mesera de origen japonés que, al enterarse del error y de la caballerosidad de mi esposo, le agradeció enormemente el detalle y nos acompañó hasta la puerta llena de gratitud, no sin antes explicarnos los días que se hubiera quedado sin ganar un solo centavo para reponer el error.
Nos acostamos con el sentimiento agradable de haber hecho lo correcto y nada más, pero la historia no acaba ahí.
         Al día siguiente, para despedirnos de San Francisco fuimos a cenar a otro restaurante,con la advertencia previa de que era costoso y de que se trataba de un menú fijo de varios tiempos.
         Una vez instalados, empezamos a admirar los detalles meticulosamente cuidados del restaurante: la vajilla, las flores, la decoración. En fin, en eso estábamos cuando a los pocos minutos acomodaron a una pareja en la mesa contigua a la nuestra. A lo largo de la cena, cruzamos miradas de amabilidad y, por la plática con el capitán, se percataron de que éramos de México.
         En un momento, Pablo se levantó al baño y el señor se sentó junto a mí con una copa de vino en la mano, para decirme que él y su esposa querían a los mexicanosque no construirían ningún muro y su esposa reforzaba el comentario. Cuando mi esposo regresó a sentarse, con cara de sorpresa y medio en broma, le comentó: "Puedo matar por esto…", e hizo sentir al americano que no encontraba muy apropiada su cercanía. El señor regresó a su mesa y no pasó a más la relación. 
Al momento de pedir la cuenta –que esperábamos fuera alta–, el capitán nos avisó que una persona anónima la había pagado por nosotros. De inmediato dedujimos que fueron nuestros vecinos. ¿Por qué lo hicieron? Nos sentimos entre incómodos y apenados por el monto, ni siquiera sabían nuestro nombre, ni nosotros el de ellos. Al intentar argüir algo, con gestos el señor nos indicó que no habría negociación. Les agradecimos y nos despedimos azorados con lo sucedido.


Mientras Pablo no bajó de pelmazo y borracho a nuestro generoso vecino, yo quedé convencida de la ley de la causa y el efecto: lo que das, de manera inesperada, te regresa.

15/11/15

NO BUSQUEN A LOS CULPABLES EN ORIENTE


Por Liliya Khusainova

Los atentados brutales de París que se cobraron la vida de más de 120 personas este 13 de noviembre causan mucho dolor, pero también muchas preguntas y la primera desde luego es quién tiene la culpa. No hay que ser un genio para responder a esa cuestión: EE.UU. ¿Cuál es el principio de todos los principios? Como economista puedo contestar que es una base financiera. EE.UU. y sus amigos eternos de la llamada 'coalición antiterrorista' realizan una pseudo lucha contra el Estado Islámico desde hace más de un año sin resultados. Su "compromiso" de erradicar el mal se transforma irónicamente en la consolidación del Estado Islámico: captura de nuevos territorios ricos en reservas, en el establecimiento de esquemas de ventas de petróleo, en la creación de su propio sistema financiero, en la introducción de su propia moneda hasta la instauración de su Banco Central, en otras palabras recursos necesarios para realizar ataques atroces como los que sembraron el pánico en París. EE.UU. allana el camino EE.UU. no combate el terrorismo, sino hace todo para que prospere y abarque más y más territorios. 

Y lo implementa mostrando las maravillas del ingenio: el uso selectivo de las organizaciones terroristas para conseguir sus objetivos políticos y el Estado Islámico no es una excepción. Al "noble" Estado que "se preocupa" por el destino de todos los países le da igual que sufran personas inocentes, que se destruyen sus vidas, lo más importante es cumplir sus caprichos y alcanzar los objetivos económicos latentes: derrocar al presidente Bashar al Assad y decidir qué hacer con el país y sus enormes recursos. Además, las armas que envía EE.UU. a la llamada 'oposición siria moderada' terminan en manos de los terroristas del Estado Islámico. Les arrojan armas y municiones desde el aire. En octubre pasado EE.UU. lanzó 50 toneladas de municiones a la oposición siria, sin hablar de cientos de vehículos de la marca japonesa Toyota que están en manos de los milicianos del Estado Islámico. El Departamento de Estado de EE.UU. y el Gobierno británico suministraron esos autos al Ejército Libre Sirio —que lucha contra el gobierno de Bashar Al Assad— y luego pasaron a manos del grupo Estado Islámico. La inconsistencia de EE.UU. en su "lucha" contra el terrorismo se observa en varios niveles. Así por ejemplo en su rueda de prensa en Viena con el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, tras los ataques de París, dice que el país continuará combatiendo contra el Estado Islámico, el Frente Al Nusra y otros grupos terroristas. Pero al mismo tiempo no olvida de sus "intereses": acusó al presidente de Siria, Bashar al Assad, de comprar el petróleo del Estado Islámico. Esta selectividad al estilo estadounidense no hace buenas obras y los ataques terroristas de París lo demuestran "en todo su esplendor". 

Por El Diario.ES
 ¿Es el terrorismo yihadista el más peligroso?Sí, para los musulmanes. Hace unos días, ISIS asesinó a 37 civiles en Beirut en una zona habitada en su mayoría por chiíes. En nuestros países, nadie puso en circulación hashtagso campañas de homenaje. Incluso muchos medios titularon que el atentado se había producido en una “zona controlada por Hizbolá”. No se hacen hashtags por Hizbolá. En las guerras de Irak y Siria decenas o centenares de miles de musulmanes han muerto en esas guerras civiles cuyo punto de arranque fue la invasión norteamericana de Irak. No lo olvidemos. El derrocamiento de Sadam Hussein tenía como objetivo no ya acabar con una dictadura, sino rediseñar las fronteras políticas de Oriente Medio e iniciar una nueva era. “Seremos recibidos como libertadores”, dijo Cheney en marzo de 2003. Fue uno de los grandes errores históricos de siempre, a la altura de la invasión soviética de Afganistán o la decisión de Hitler de lanzarse sobre la URSS. Reforzó a Irán al llevar a sus aliados al poder en Bagdad y alentó una paranoia creciente en los regímenes suníes sobre el creciente poder de los chiíes. La campaña de bombardeos saudíes en Yemen debe mucho, casi todo, a esa confrontación que se repite con distintas formas en varios puntos de Oriente Medio y ha creado suficientes monstruos como para que nos atormenten durante años. Siempre estamos a tiempo de crear más. ¿Es ISIS, como antes Al Qaeda, un amenaza real e inminente para los habitantes de Europa y EEUU? La horrible carnicería de París nos lleva a pensar que el terror tiene en este planeta la forma de un joven musulmán fanático que hará lo que sea para matar a un europeo o norteamericano.


¿Nos enfrentamos a una guerra que hay que afrontar como tal y sin contemplaciones? Ese es el punto de vista de los halcones y de los que piensan que no hay problema estratégico que no se pueda solucionar matando gente. Son los que creen que cada año nos enfrentamos al dilema de Neville Chamberlain y que ignoramos que siempre hay que luchar contra el mal absoluto con las armas en la mano. Desde 2001, los países occidentales han invadido Afganistán e Irak. Han lanzando sus drones sobre Pakistán, Yemen y Somalia en una campaña permanente que nunca tendrá fin. Han impuesto en Libia una zona de exclusión aérea que propició el derrocamiento de Gadafi. Han tolerado la invasión saudí de Yemen. Han reconstruido ejércitos como el iraquí que se han revelado como una banda mediocre y corrompida. Han anunciado que el régimen sirio debía desaparecer, ayudado a algunos grupos insurgentes y tolerado que saudíes y turcos armen a los más peligrosos de los enemigos de Asad. Han lanzado una campaña de bombardeos contra ISIS que lleva ya 8.125 ataques aéreos hasta el 12 de noviembre (con un coste de 5.000 millones de dólares, una media de 11 millones diarios), a la que ahora se ha sumado Rusia. No parece que en catorce años la ideología oficial de Occidente haya sido el pacifismo. Sarkozy ha dicho que “nada puede ser como antes, debe ser una guerra total”. Entonces, ¿cómo definiría lo que ya ha ocurrido desde 2001? ¿Es una guerra contra el Islam en la que todos los musulmanes son sospechosos? Nada gustaría más a los yihadistas que se extendiera esa idea en Europa. No hay que negar que muchos europeos piensan así, de lo contrario Marine Le Pen no insistiría tanto en ello. Para ISIS, sí es una guerra de civilizaciones frente al Occidente de los “cruzados” en la que pretenden reclutar a los musulmanes para convencerles de que la “yihad” que les exige su religión no consiste en esforzarse en vivir bajo sus preceptos, sino embarcarse en una guerra permanente contra los infieles. Precisamente, eso es lo que sostenía una y otra vez Al Qaeda. Pensemos en todos los artículos tras el 11S que nos alertaban de que la organización de Bin Laden pretendía llevar el Islam al corazón de Europa, recuperar “Al Andalus” y sus glorias del pasado. Era la guerra definitiva en la que la típica pusilanimidad europea hacía prever un futuro oscuro. Nada de eso ocurrió. No hubo ningún Al Andalus yihadista.

 Los musulmanes de Francia, Reino Unido y España no se rebelaron contra sus amos paganos. Bin Laden acabó escondido en un chalé viendo cintas de vídeo, fue eliminado a sangre fría y su cuerpo, tirado al mar. Su organización en Irak fue aniquilada (aunque resucitaría con otro nombre, el de ISIS, gracias a ese Estado fallido que es Irak y a la guerra siria). Hay otra forma de ver lo que Bin Laden consiguió por si nos da alguna pista sobre lo que pasará con ISIS. En una época en la que a los líderes europeos les cuesta dejar su huella, podríamos preguntar si no es cierto que Bin Laden tendría razones, si siguiera vivo, para presumir de sus logros. En cierto modo, esa guerra permanente ha tenido en Occidente un precio terrible en términos políticos, económicos y morales. Nuestros inmaculados valores se defendieron en la prisión de Abú Ghraib desnudando a los presos y colocándoles una correa en el cuello; en Haditha, Irak, asesinando a sangre fría a hombres, mujeres y niños; y en las prisiones ocultas de la CIA aplicando el ‘waterboarding’ a los sospechosos de terrorismo. Me pregunto de dónde sacarán algunos que la prosperidad de Occidente nos ha vuelto blandos. ¿Cómo se alimenta la base ideológica del yihadismo? La superioridad racista y xenófoba que sienten los yihadistas tiene uno de sus principales orígenes contemporáneos en el wahabismo saudí. A partir de aquí, no es necesario escribir más. En estos momentos tan dolorosos sería de mal gusto destacar que los valores republicanos franceses tienen un precio, eso sí, muy alto. Francia venderá a Riad todas las armas que necesite, por ejemplo para sostener futuras guerras como la actual de Yemen. Quizá esas armas vuelvan para despertarnos de nuestros sueños dentro de unos años, aunque habrá quien diga que somos inocentes. Lo nuestro sólo eran negocios.














30/10/15

SINE QUA NON II



Y a veces oigo las ratas
que roen la pared.
Les doy papel de estraza
del que uso yo para sacar la tinta de la piel…  (Nacho Vegas)

"Por sus estridentes ladridos, es señal que cabalgamos" (Goethe)

"Si es cierto que la mentira es un hecho de civilización, entonces quizás seamos el pueblo más civilizado del mundo.
Pero la mentira puede destruir la civilización, porque destruye las relaciones humanas" (I. Antaki)



Por Manuel González

En el aprendizaje de sucesos,   
entre la trivialidad del pasillo,  
chismes y falsos profetas  
apuntalan el retroceso por el exceso de hipocresía.

¡No somos siempre nosotros el bueno!
¡No tienen  otros la culpa de todo!
La redención mata más que el veneno;
afrentas colgadas en el aire,
enojos y frustraciones por iletrados;
¿denostaciones sin parpadear? 
menester del obsceno ego.

Sigo corriendo, sin puntos ni comas
sin abominar al semejante ni al sistema
como el que todo espera porque nada es suyo:

el sabotaje de las utopías,
la comprensión que llega mal y tarde
el chantaje del alma y sus radiografías.

Por ello:
No soy embajada del reproche,
ni el vademécum de lo perdido;
para que amanezca y deje de ser noche
es esencial sine qua non

el to be or not to be… 






5/9/15

¿PERDIMOS LA COMPASIÓN?


Por Robert Fisk
La Gran Muralla China, las murallas de Roma y de toda ciudad medieval, la Línea Sigfrido, la Línea Maginot, el Muro Atlántico: las naciones –imperios, dictaduras, democracias– han usado toda cadena montañosa, todo río, para rechazar a ejércitos extranjeros. Y ahora los europeos tratamos a las masas de pobres y hacinados, a los verdaderos inocentes de Siria e Irak, de Afganistán y Etiopía, como si fueran invasores extranjeros decididos a saquear y subyugar nuestra soberanía, nuestra identidad, nuestra tierra verde y placentera.
Alambrada de púas en la frontera húngara. Alambrada de púas en Calais. ¿Acaso hemos perdido la única victoria que obtuvimos en la Segunda Guerra Mundial: la compasión?.
Puesto que nuestra frase hecha más reciente es decir al mundo que la “crisis” de refugiados es la más grande desde esa guerra, recordé cómo respondió Winston Churchill ante las columnas de refugiados alemanes que huían a través de las nieves de Europa oriental en 1945, frente al avance del vengador Ejército Rojo. Eran, tomémoslo en cuenta, los civiles del Tercer Reich, los que habían llevado a Hitler al poder y se habían regocijado con los bárbaros genocidios y las victorias militares de la Alemania nazi sobre naciones pacíficas. Eran el pueblo de una nación culpable que avanzaba con ánimo desfallecido hacia un destino incierto.
Habían pasado años desde que leí la carta que Churchill escribió a su esposa, Clementine, en el camino a la conferencia de Yalta, en febrero de 1945. Pero volví a leerla este fin de semana, y he aquí la sección clave: “Me siento libre de confesarte que mi corazón se entristece por los relatos sobre las masas de mujeres y niños alemanas que huyen sobre los caminos por todas partes, en columnas de 60 kilómetros de largo hacia Occidente, delante de los ejércitos que avanzan. Estoy del todo convencido de que se lo merecen, pero eso no se lo quita a uno de la vista. La miseria de todo el mundo me abruma y temo cada vez más que puedan surgir nuevas luchas de aquellos a quienes hoy estamos acabando”.
Churchill habría llamado “magnanimidad” a ese sentimiento. Era compasión.

De manera increíble, es Alemania –la nación de la que decenas de miles de refugiados huyeron antes de la Segunda Guerra Mundial, y de cuyos ejércitos escapaban por millones una vez que empezó el conflicto– el destino que hoy eligen los cientos de miles de personas que se arraciman en el viaje a Europa. La generosidad de Alemania refulge como un faro junto a la respuesta de Dave Cameron y sus amigos. ¿Será que nuestro primer ministro nunca leyó a Churchill? ¿O leyó demasiado a Tennyson? Le gusta citar una línea del Ulises de Tennyson –“Luchar, buscar, encontrar y no ceder”– que se inscribió en un muro de la villa de los atletas en los Juegos Olímpicos de Londres en 2012. ¿Pero tal vez, me pregunto, también disfrutó el soneto favorito de Tennyson, Montenegro, en el que nuestro laureado poeta victoriano se regocija con los “guerreros (montenegrinos) que golpean al enjambre/de islamitas turcos”? Buena palabra, “enjambre”. “Buena como principio, pero mala como etiqueta”, como el propio Churchill advirtió en un mensaje a Hitler anterior a la guerra, con respecto al desprecio que el Fuhrer mostraba hacia otro pueblo inculto.
Hace más de 30 años, en Jerusalén, conocí a ese príncipe de los periodistas, James Cameron. Él había defendido mis notas sobre Irlanda del Norte –y por ello, claro, era mi héroe–, pero él, como Churchill, era un hombre de gran compasión. Pensé en él hace no mucho tiempo, cuando me quejaba de otro grupo de jóvenes refugiados ferales sirios que me habían seguido por una calle de Beirut. Hace casi 40 años Cameron informaba para la BBC sobre otra flota de refugiados que buscaba la salvación en embarcaciones precarias.
Fue una convención periodística deshonesto llamar 'gente en botes' a los refugiados vietnamitas”, escribió en su texto, “que tenía un sonido casi confortable, como de personas en un viaje de placer. Los refugiados... son fugitivos, gente que huye, víctimas, los perdidos y abandonados... refugiados judíos, árabes, indios, paquistaníes, rusos, coreanos, de Bangladesh”. Cameron evocó a los hugonotes que huyeron de Gran Bretaña en el siglo XVII, y a los perseguidos judíos que escaparon de Europa oriental a Estados Unidos en la década de 1900.
Y entonces Cameron se acercó a un momento como los de nuestro primer ministro. “En aquellos días el mundo era un lugar más o menos vacío; había espacio casi en todas partes para el forastero sin hogar. Todos los lugares donde un extraño podría querer refugiarse están ahora sobrepoblados y ya tienen sus propios problemas”. Y algunos refugiados “son ambiciosos, algunos están salvando el pellejo, otros siguen al rebaño. Pero aún no encuentro a un bebé refugiado que haya salido de su casa por otra razón que porque tenía que hacerlo”. No hay un “mandato divino”, sostenía Cameron, “que diga que uno debe permanecer donde nació”.
¿Acaso los seguidores de Moisés no fueron refugiados, como siguieron siéndolo durante dos mil años, “hasta que remplazaron su éxodo con el de alguien más”? Una ironía única de nuestra tragedia actual es que un navío irlandés ha estado salvado la vida a miles de refugiados náufragos a unas cuantas millas de la costa libia. Hace siglo y medio el éxodo irlandés por la hambruna arrojaba a sus refugiados en las costas de Canadá, con barcos atestados de hombres, mujeres y niños que morían o habían muerto de tifus, y fueron recibidos con compasión… pero también con miedo de que la peste contaminara a la población de las Provincias Marítimas canadienses.
Correspondió a Pól Ó Muirí, el editor en lengua inglesa de The Irish Times, cuyo padre fue un trabajador migrante de la construcción en Gran Bretaña, resaltar la semana pasada cuántos irlandeses ayudaron a construir el túnel del Canal de la Mancha, y cómo hoy día “los migrantes están del otro lado, intentando pasar”.

Sí, “algo se tiene que hacer” acerca de los refugiados, concedió retóricamente Ó Muirí. Pero entonces –y, puesto que me encanta la gran escritura, tienen que aguantarse conmigo– añadió: “Todo este asunto infunde un poco de temor, toda esa gente que se arroja a las vallas en la boca del túnel que los de Donegal ayudaron a construir… Pero cuando la cámara hizo un paneo hacia atrás para mostrar hombres de pie que observaban, con toda la dignidad de la que podían hacer acopio, de pronto me di cuenta de que veía… a mi padre en Inglaterra… ¿También ustedes vieron a su familia en esos rostros? Miren un poco más de cerca. No tengan miedo”.
Como dicen, la necesidad no conoce ley. La compasión tampoco.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya

16/7/15

TODOS SOMOS GRECIA Y VARUFAKIS



Por Luis García Montero

El dinero manda, nos convierte a los seres humanos en mercancía y a nuestros derechos civiles en negocio. Se privatizan la sanidad, la educación, el agua, la información, los servicios de limpieza, las cárceles… Y, sobre todo, se privatiza la política. Sí, se privatiza un partido político igual que un hospital o un colegio. Los partidos políticos que diseñaron la arquitectura de Europa trabajaban como organizaciones privatizadas al servicio de la banca y las multinacionales. El horizonte fue la cultura neoliberal y su trampa íntima: no se trataba de desmantelar el Estado, sino de concebir un Estado al servicio del dinero. Más que desregulación, hay una ingeniería política y social capaz de convertir en deuda pública las pérdidas privadas de los bancos y de la economía especulativa. Los acreedores han sustituido así a los políticos en la toma de decisiones, un proceso puesto en evidencia hasta la saciedad en la crisis griega. 

En vez de preocuparse por la gente (sus salarios, sus pensiones, su hambre, su dignidad, su desempleo), los acreedores se empeñan no ya en cobrarlo todo –porque hay deudas que no se pueden cobrar enteras–, sino en que no se rompan las reglas de juego que han provocado sus ganancias, la deuda, el desempleo, el hambre y el maltrato de la gente. El comportamiento de los políticos-banqueros y de la prensa-banquera durante el referéndum griego ha sido un espectáculo indecente. En nombre de la solución económica de un problema grave han intentado, a base de calumnias y amenazas, devolverle el poder a los mismos partidos tradicionales que contribuyeron a crear la situación crítica (por seguir los mandatos del BCE y del FMI) y derribar al Gobierno elegido por los ciudadanos para resolver sus problemas. La lección importante del dinero, claro está, es que los ciudadanos no tienen derecho a resolver a través de la política sus problemas. Las urnas son un peligro. 

El comportamiento de las instituciones europeas se mueve así en el oleaje de la cultura neoliberal
dominante que desacredita la política. Le compramos con facilidad su cultura al enemigo cuando decretamos el fin de la política, las listas electorales sin políticos, la corrupción de todos los políticos, el todos son iguales, porque esa dinámica sólo sirve para dejarle las manos libres al dinero. Como advirtió Antonio Machado hace muchos años, conviene cuidarse de quien aconseja que no nos metamos en política, porque eso significa que quiere hacer la política sin nosotros. Nos conviene matizar y no dar la política por perdida. Frente a la puerta giratoria del político-banquero o del político-acreedor, resulta necesario consolidar la imagen del político-ciudadano, es decir, del representante de los ciudadanos. En medio de todas las tristezas de la crisis griega, hemos tenido la alegría de comprobar la dignidad humana de Yanis Varufakis, catedrático de Economía de la Universidad de Atenas y exministro de finanzas. Su comportamiento de político-ciudadano ha causado irritación en el foro de los políticos-banqueros. No nos engañemos: Varufakis no es un ejemplo de las dificultades que hay entre las promesas electorales y su posterior realización, sino de la correlación de fuerzas que existen entre las mentiras del poder del dinero y la ciudadanía. Una ideología es dominante cuando consigue hacer creer a la gente su mentira: el poder real no reside en la mayoría oprimida, sino en la élite opresora. Como recuerda Varufakis en su libro El Minotauro global (Debolsillo, 2015), este proceso se conoce en la historia del pensamiento como el secreto de Condorcet. El deseo de denunciar el secreto de Condorcet convirtió a Varufakis en un político-ciudadano. Este economista no es un demagogo y miente mucho menos que los representantes de las instituciones económicas y políticas europeas. Su libro analiza con inteligencia la situación de Europa dentro de la economía especulativa mundial.

La imagen del Minotauro, una fuerza cruel, pero capaz de mantener equilibrios, alude a los mecanismos por los que Estados Unidos decidió a partir de los años 70 disparar su déficit como fórmula para alimentar la capacidad de exportación industrial de Alemania, Holanda y China. Las ganancias de estos países volvían después a Wall Street convertidas en dinero especulativo. El hundimiento de este mecanismo, reconocido por el propio Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de EE.UU. durante 20 años, ha descompuesto el proyecto europeo. El diagnóstico de Varufakis es claro: “Europa se está desintegrando sencillamente porque su arquitectura no era lo bastante sólida para soportar la onda expansiva provocada por los estertores mortales del Minotauro”. Yanis Varufakis no iba a la mesa de negociaciones con propuestas radicales y demagógicas, sino con un análisis económico que obligaba a construir Europa, a repensarla, a poner las instituciones –empezando por el BCE- al servicio de los ciudadanos. Y por eso era recibido como un marciano por unos políticos-banqueros que hablan mucho de Europa, pero que no sienten como suya una identidad que obliga a vivir en primera persona las dificultades de los griegos, los españoles, los portugueses o los italianos. Varufakis no piensa que los banqueros sean unos malvados insaciables, ni que haya una trama capitalista pensada por alguien para hacer el mal. Piensa que el capitalismo es un monstruo que se desarrolla sin control y que puede convertir en pobreza y autodestrucción propia sus movimientos de extensión. Por eso es imprescindible tomarse en serio unas instituciones con capacidad de control. La precariedad democrática de Europa es una evidencia. El conflicto griego es el conflicto de Europa. O transformamos el invento ideado por los políticos-banqueros o estamos condenados a una larga agonía de injusticias y desintegración.

12/7/15

HASTA SIEMPRE JAVIER KRAHE (MAESTRO DE MAESTROS)


Publicado en El País 

A buen seguro que disfrutaría con la ironía: sus últimas palabras ante el público fueron “y yo con mi corona hice el gilipollas…”. Javier Krahe ofreció su último concierto el pasado 28 de junio en una pequeña localidad coruñesa, Boiro, en A Pousada Das Ánimas, un local al que acudía a actuar puntualmente desde hace casi 20 años. Se despidió con uno de sus iconos, Marieta, con ese gilipollas que intenta enamorar a la bella protagonista. Nunca existió un cantautor tan lejos de la definición de gilipollas. En ese último concierto, anunció que se retiraba temporalmente para tomarse un año “selvático” y trabajar en nuevas canciones. Desgraciadamente, Krahe ha fallecido esta madrugada en su casa de Zahara de los Atunes (Cádiz), a los 71 años, a causa de un infarto. Su amigo Pablo Carbonell fue el primero en anunciar en Twitter el deceso: “No digáis se nos fue el mejor de todos, malogrose el cumplido cantautor, era bueno, tenía suaves modos...’. D.E.P Javier Krahe. Gracias”.

 Quizá el propio Krahe también valorase la paradoja de que su muerte cope los comentarios de las redes sociales, él que escribía sus canciones en cuadernos y libretas, lejos del teclado de un ordenador. Krahe nació en Madrid en 1944 y, contra lo que pueda parecer por su posterior actitud vital y artística, se crió en el barrio de Salamanca y fue alumno del colegio del Pilar. Siempre se sintió madrileño hasta la médula: “Yo me identifico con Madrid. Viviría en cualquier barrio. Todo es Madrid. Mi mujer decía, cuando estábamos en Prosperidad, que quería irse más al centro, con nuestra hija. ¿El centro? Pero si esto es el centro”, afirmaba en una reciente entrevista en EL PAÍS. 


Lo contemplan 35 años de carrera y 15 discos en los que desgranó canciones ya legendarias, desde su primer álbum Valle de lágrimas, publicado en 1980, en el que ya incluía algunos de sus temas más emblemáticos, como Villatripas, Don Andrés Octogenario, San Cucufato y Marieta. Dueño de un estilo personalísimo, Krahe sabía llenar sus canciones de referencias cultas para combinarlas con su arma principal: la ironía. Su canción Como Ulises (¡La Odisea resumida en una canción), incluida en su disco Cábalas y cicatrices, de 2002, aún se utiliza en muchos institutos como introducción para estudiar la obra de Homero. Krahe era un apasionado de la poesía, lo que se traducía en un excepcional talento para jugar en sus canciones con la métrica y la rima. Sus poetas eran “el Siglo de Oro, el 27, los de los 50 como Ángel González o Gil de Biedma…”, pero cuando se le preguntaba por su relación con la chanson francesa, respondía inevitablemente: “Soy brasseniano”. Nunca existió un cantautor tan veraz, tan cercano y, por descontado, tan iconoclasta (¿Qué artista sería capaz hoy de titular una de sus canciones No todo va a ser follar, salvo Javier Krahe). Fue precisamente su singularidad, su capacidad para no encajar en ninguna etiqueta lo que propició su primer asalto a la popularidad, a raíz del disco La Mandrágora, grabado en directo y editado en 1981 junto a Joaquín Sabina y Alberto Pérez, que recogía las actuaciones del trío en el sótano del bar madrileño del mismo nombre, situado en el barrio de La Latina en Madrid. Sin embargo, La Mandrágora no duraría demasiado: “Fue con Tierno cuando cerraron La Mandrágora. Por orden municipal. Porque hacíamos ruido. ¡Y estábamos en el sótano!” . Krahe siempre gustó de presentarse ante sus seguidores en pequeños formatos, en salas reducidas, lejos de los aspavientos y las alharacas, como el legendario Café Central, en Madrid, o en la también madrileña sala Galileo.


Su insobornabilidad lo llevó también a vivir uno de los momentos más tristes de su carrera, cuando se convirtió en el primer artista de la democracia en ser censurado. En el año 1986, TVE emitió un concierto de Joaquín Sabina en directo, en el que colaboraba el propio Krahe. Su canción Cuervo ingenuo, que criticaba a Felipe González, entonces presidente del Gobierno, no fue emitida: los televisores fundieron a negro. No le gustaba demasiado a Krahe recordar el episodio, como tampoco hablar del momento en que fue denunciado, en 2004, por un vídeo en el que se daba la receta para cocinar un Cristo al horno. En 2012, Krahe fue absuelto de un delito contra los sentimientos religiosos por el juzgado de lo Penal número 8 de Madrid: “Ha sido un incordio. Aunque en estos ocho años habré pensado en este asunto una docena de veces, la mitad en los últimos tres meses”. Entre la publicación de sus 15 discos, Krahe también encontró tiempo para fundar un sello discográfico independiente, 18 Chulos, junto con El Gran Wyoming, Pepín Tre, Santiago Segura, Pablo Carbonell y Faemino. 

A pesar de su drástica afirmación: “Me gusta no hacer nada. Tengo una enorme capacidad para ello”, Krahe trabajó mucho y trabajó bien. Sus conciertos suponían viajes emocionales de primer nivel, además de un torrente de diversión. Las letras de Krahe, tan burlonas como elaboradas, han acompañado la memoria musical de varias generaciones. Y sus seguidores, quizá minoritarios, pero siempre entregados, fidelísimos, capaces de viajar por España para seguir sus actuaciones, también encontraban en el artista un referente vital. Un cantautor comprometido que nunca estuvo en venta. Que disparó contra todo y contra todos (“En una canción se puede jugar con todo, menos con las desgracias físicas”), que exudaba vitalidad, rebeldía e iconoclastia. También generoso. Lo saben bien músicos como Andreas Prittwitz, Fernando Anguita o Javier López de Guereña, a quienes permaneció fiel durante casi toda su carrera. No será desmesurado afirmar que, para los madrileños, existen dos iconos de eso que en los ochenta se llamó “lo auténtico”: Javier Krahe y Rosendo. A finales de 2014 llegó su último trabajo, un disco grabado en 2013 en el Café Central de Madrid. Javier Krahe ya disponía de nuevos versos, de nuevas ideas para canciones (“Siempre escribo las canciones a partir de una frase que me ha venido a la cabeza, o que he oído decir o que he leído. Cojo esa frase y empiezo a especular con ella”). 

Canciones que se han marchado con el artista. Y no se trata de un burdo rumor, desgraciadamente. Pero sus seguidores no deben abandonarse a la tristeza. Lo afirmaba el propio cantautor, que lanzaba su epitafio hace años en su canción El cromosoma: “La muerte no me llena de tristeza, las flores que saldrán por mi cabeza algo darán de aroma”.